Recuerdos del pasado
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Recuerdos del pasado
La ciudad de Valle Masque, un idílico lugar en el que vivir toda la vida, montaña, mar, felicidad, tranquilidad, todo lo que unos padres podrían desear para sus hijos.
La ciudad estaba construida con la habitual forma de rueda, en el centro de esta estaba el ayuntamiento, en el que coincidían cuatro calles que comunicaban la ciudad por entero. Distribuidas por todas las calles se podían encontrar tabernas, joyerías, herrerías, un comercio de víveres.... Es decir, lo típico en una ciudad.
Valle Masque tenía dos salidas, la primera, al suroeste, conducía al puerto y al cementerio. La segunda salida, situada al noreste, dirigía a los que se aventuraban a tomar ese camino al bosque y a una profunda gruta.
Pero volvamos de nuevo a la ciudad, concretamente a la posada, o mejor dicho, a lo que fue una posada tiempo atrás. Ahora no era más que un desecho de cenizas y escombros, signo inequívoco de que un incendio nació, creció y pereció en aquél lugar. Delante de las ruinas había alguien contemplándola. Ataviado con una túnica negro y la capucha ocultándole el rostro nadie podía reconocer su identidad, además todos los que le veían intentaban no interponerse en su camino, pues vistiendo una túnica negro azabache, con unos saquillos colgándole del cinto llevaba a pensar que se trataba de un hechicero, y al parecer sin buenas intenciones.
Mas el hechicero no observaba a nadie, ni tan si quiere se movía, tan solo contemplaba las ruinas de la antigua posada, “quizás evocando imágenes del pasado” pensaron los que le miraban recelosos de aproximarse.
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Todo indicaba que era ya de noche, pues la posada estaba abarrotada de gente, la famosa cerveza de orégano de la ciudad y la hidromiel corría a toda velocidad de la barra a los labios de los parroquianos, también había un grupo de ancianos jugando a las cartas, algo habitual para todos los que visitaban con asiduidad el lugar. Aunque la sala no era demasiado grande ni lujosa nunca habían faltado clientes, dado que el negocio llevaba en pie décadas, pasando de las ancianas y cansadas manos de los padres a las jóvenes y firmes de los hijos. Pero el actual tabernero ya había sobrepasado el medio siglo y carecía de un sucesor, aunque llevaba casado con una elfa bastantes años.
El tabernero, después de servir una ración de pan y queso a unos viajeros desconocidos, se pasó el dorso de la mano por la frente, secándose el sudor provocado por el cansancio y la edad. Contempló con una sonrisa el ambiente del local, como siempre todo era perfecto, salvo un detalle, el barril de cerveza de orégano se vaciaba con demasiada rapidez.
No tendré más remedio que bajar al sótano a por más - Murmuró extrañamente con las mejillas encendidas por la ira, algo poco habitual en él.
Con pequeños pasos, temerosos incluso se dirigió a la puerta que abría paso a unas escaleras para bajar al sótano, la puerta, de madera de roble como las demás, presentaba algunas curiosidades que la gente nunca comprendía. En su madera se habían dibujado toscamente los símbolos de los Dioses del Bien y la Justicia, y en el suelo al lado del marco de la puerta permanecían encendidas unas velas blancas. La gente creía que era una excentricidad del tabernero para que la comida y la bebida siempre fuese buena, y con esa explicación burda se conformaban.
Cuando nadie le prestó atención, extrajo de su cinto una pequeña daga y empezó a bajar escalones lentamente. De pronto se detuvo y permaneció en silencio atento a posibles ruidos, escuchó algo parecido al quejido de una rata y el chocar sordo de dos metales. Carraspeó y trago saliva, aun así siguió bajando con paso firme los escalones que le separaban del suelo.
Por fin, sus pies alcanzaron el húmedo suelo. En habitación destinada a servir de alacena había persistido siempre un fuerte olor a humedad y a rancio, la habitación tan solo era iluminada por una minúscula rendija del tejado que apenas iluminaba el centro de la estancia.
El tabernero tanteó con las manos el suelo en busca del barril de cerveza, pero escuchó un gemido acompañado de un susurro que le hizo incorporarse a toda prisa. El sudor en su frente era ya incontrolable, además sus manos habían empezado a temblar. Tragó saliva mirando atentamente a una de las esquinas de la estancia, la que se encontraba más alejada de la escalera. Pasados unos segundos se decidió a relajarse, respiró profundamente y se acercó la esquina.
Cuando estaba caminando hacía la esquina el gemido se acentuó, así como el susurro, ahora se entendía lo que decía, tan solo una palabra que se repetía.
Padre...padre... padre.... - murmuraba la voz en tono suplicante.
Rojo de ira, el tabernero agarró del cuello con fuerza inusitada al ser que había murmurado, y como si fuese una vulgar piedra, la lanzó al centro de la habitación, al cobijo de la luz.
Era un niño, un niño de no más de 8 años, aunque su rostro ya emanaba surcos de edad, debido al sufrimiento sufrido durante años. Su tez había palidecido a extremos enfermizos debido al precario encarcelamiento y su escaso cabello era practicamente blanco con hebras plateadas, tambien debido a la falta de luz del astro rey. Su cuerpo lo ocultaba una andrajosa túnica gris, si bien amenazaba por hacerse pedazos en cualquier momento dado su mal estado. En sus manos y pies tenía grandes cadenas que las mantenían juntas y en dolorosa posición.
El tabernero se acercó a él, lo incorporó cogiéndole la túnica con una mano.
Yo no tengo ningún hijo – Gritó casi escupiendo cada palabra con rabia, entonces con el dorso de la mano que tenía libre le pegó una bofetada en la cara con toda la fuerza que tenía.
El chico calló al suelo, sangrando por la oreja, y empezó a llorar echo un ovillo en el suelo, mas el tabernero fuera de relajarse le propinó una patada en el costado dejándole sin resuello. Y sin cruzar ninguna palabra más, agarró de mala gana un barril de cerveza y subió las escaleras
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La ciudad estaba construida con la habitual forma de rueda, en el centro de esta estaba el ayuntamiento, en el que coincidían cuatro calles que comunicaban la ciudad por entero. Distribuidas por todas las calles se podían encontrar tabernas, joyerías, herrerías, un comercio de víveres.... Es decir, lo típico en una ciudad.
Valle Masque tenía dos salidas, la primera, al suroeste, conducía al puerto y al cementerio. La segunda salida, situada al noreste, dirigía a los que se aventuraban a tomar ese camino al bosque y a una profunda gruta.
Pero volvamos de nuevo a la ciudad, concretamente a la posada, o mejor dicho, a lo que fue una posada tiempo atrás. Ahora no era más que un desecho de cenizas y escombros, signo inequívoco de que un incendio nació, creció y pereció en aquél lugar. Delante de las ruinas había alguien contemplándola. Ataviado con una túnica negro y la capucha ocultándole el rostro nadie podía reconocer su identidad, además todos los que le veían intentaban no interponerse en su camino, pues vistiendo una túnica negro azabache, con unos saquillos colgándole del cinto llevaba a pensar que se trataba de un hechicero, y al parecer sin buenas intenciones.
Mas el hechicero no observaba a nadie, ni tan si quiere se movía, tan solo contemplaba las ruinas de la antigua posada, “quizás evocando imágenes del pasado” pensaron los que le miraban recelosos de aproximarse.
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Todo indicaba que era ya de noche, pues la posada estaba abarrotada de gente, la famosa cerveza de orégano de la ciudad y la hidromiel corría a toda velocidad de la barra a los labios de los parroquianos, también había un grupo de ancianos jugando a las cartas, algo habitual para todos los que visitaban con asiduidad el lugar. Aunque la sala no era demasiado grande ni lujosa nunca habían faltado clientes, dado que el negocio llevaba en pie décadas, pasando de las ancianas y cansadas manos de los padres a las jóvenes y firmes de los hijos. Pero el actual tabernero ya había sobrepasado el medio siglo y carecía de un sucesor, aunque llevaba casado con una elfa bastantes años.
El tabernero, después de servir una ración de pan y queso a unos viajeros desconocidos, se pasó el dorso de la mano por la frente, secándose el sudor provocado por el cansancio y la edad. Contempló con una sonrisa el ambiente del local, como siempre todo era perfecto, salvo un detalle, el barril de cerveza de orégano se vaciaba con demasiada rapidez.
No tendré más remedio que bajar al sótano a por más - Murmuró extrañamente con las mejillas encendidas por la ira, algo poco habitual en él.
Con pequeños pasos, temerosos incluso se dirigió a la puerta que abría paso a unas escaleras para bajar al sótano, la puerta, de madera de roble como las demás, presentaba algunas curiosidades que la gente nunca comprendía. En su madera se habían dibujado toscamente los símbolos de los Dioses del Bien y la Justicia, y en el suelo al lado del marco de la puerta permanecían encendidas unas velas blancas. La gente creía que era una excentricidad del tabernero para que la comida y la bebida siempre fuese buena, y con esa explicación burda se conformaban.
Cuando nadie le prestó atención, extrajo de su cinto una pequeña daga y empezó a bajar escalones lentamente. De pronto se detuvo y permaneció en silencio atento a posibles ruidos, escuchó algo parecido al quejido de una rata y el chocar sordo de dos metales. Carraspeó y trago saliva, aun así siguió bajando con paso firme los escalones que le separaban del suelo.
Por fin, sus pies alcanzaron el húmedo suelo. En habitación destinada a servir de alacena había persistido siempre un fuerte olor a humedad y a rancio, la habitación tan solo era iluminada por una minúscula rendija del tejado que apenas iluminaba el centro de la estancia.
El tabernero tanteó con las manos el suelo en busca del barril de cerveza, pero escuchó un gemido acompañado de un susurro que le hizo incorporarse a toda prisa. El sudor en su frente era ya incontrolable, además sus manos habían empezado a temblar. Tragó saliva mirando atentamente a una de las esquinas de la estancia, la que se encontraba más alejada de la escalera. Pasados unos segundos se decidió a relajarse, respiró profundamente y se acercó la esquina.
Cuando estaba caminando hacía la esquina el gemido se acentuó, así como el susurro, ahora se entendía lo que decía, tan solo una palabra que se repetía.
Padre...padre... padre.... - murmuraba la voz en tono suplicante.
Rojo de ira, el tabernero agarró del cuello con fuerza inusitada al ser que había murmurado, y como si fuese una vulgar piedra, la lanzó al centro de la habitación, al cobijo de la luz.
Era un niño, un niño de no más de 8 años, aunque su rostro ya emanaba surcos de edad, debido al sufrimiento sufrido durante años. Su tez había palidecido a extremos enfermizos debido al precario encarcelamiento y su escaso cabello era practicamente blanco con hebras plateadas, tambien debido a la falta de luz del astro rey. Su cuerpo lo ocultaba una andrajosa túnica gris, si bien amenazaba por hacerse pedazos en cualquier momento dado su mal estado. En sus manos y pies tenía grandes cadenas que las mantenían juntas y en dolorosa posición.
El tabernero se acercó a él, lo incorporó cogiéndole la túnica con una mano.
Yo no tengo ningún hijo – Gritó casi escupiendo cada palabra con rabia, entonces con el dorso de la mano que tenía libre le pegó una bofetada en la cara con toda la fuerza que tenía.
El chico calló al suelo, sangrando por la oreja, y empezó a llorar echo un ovillo en el suelo, mas el tabernero fuera de relajarse le propinó una patada en el costado dejándole sin resuello. Y sin cruzar ninguna palabra más, agarró de mala gana un barril de cerveza y subió las escaleras
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